Una historia de lo prohibido, lo inevitable...
La cara más bella de la ciudad opacaba la degradación mecánica de los barrios bajos, los dorados y bellos caminantes ricos volaban de un lado a otro mientras se regodeaban y disfrutaban de sus opulentas vidas, "los otros", solo los miraban desde abajo, con ojos llenos de envidia y odio.
Uno de los dorados se acercó a la mugre de abajo, en un vuelo de "expedición" el ente soltaba plumas de oro que caían de sus alas y con delicadeza caían en la rugosa tierra negra del páramo, una mano rugosa toma con velocidad y ansia la pluma, un hombre mediano de cabello corto la zarandea de un lado a otro quedando absorto con su belleza con ansias de más, sigue al ente volador con sus ojos, dándose cuenta de que este salía de los límites de la gigante ciudad flotante.
El oscuro hombre corrió tras la figura dorada, como sus piernas no podían igualar a las alas del ángel, el hombre movió sus manos y con una energía oscura indescriptible emprendió vuelo, no alto ni bajo, el hombre volaba a ras de suelo expulsando nubes de polvo y restos mecánicos que por ahí yacían esparcidos, rápidamente pudo volver a ver al ente dorado, que aun soltaba sus plumas por todo el camino desértico.
Tras unos pocos minutos, las alas doradas se detuvieron, bajaron en picado hacia una cueva oscura que no parecía tener fondo, el hombre al ver como desaparecía entre la oscuridad del abismo, no dudo en seguirla y también se lançou detrás; un estruendo poderoso se escuchó en el fondo de la cueva, seguido un brillo dorado iluminó lo que parecía ser como un sitio de reunión. A los pocos segundos la oscuridad hizo presencia y el hombre oscuro también apareció allí.
Los ojos del hombre dieron con algo inaudito, una mujer de cabellos rosados claros era la dueña de las hermosas alas que le habían cautivado, el hombre la veía absorto, casi que poseído por el bello contraste de color que esta emanaba, ella por un lado le veía tranquila.
El ser oscuro intentó acercarse, en medio de la cueva la luz que emanaba la ángel era devorada por la insaciable pasión de la oscuridad; ante el avance de esta fuerza, ella también comenzó a caminar hacia adelante, ambas fuerzas convergían en una con cada paso que daban, se repelían y rechazaban, pero por alguna razón, no podían dejar de avanzar.
Frente a frente, la mano envuelta de magia negra del hombre intentó tomar la delgada mano de la mujer pero al poner un dedo encima de ella, la luz que esta profesaba repelió todo contacto del ser oscuro, el cual triste no pudo evitar bajar la mirada. La mujer al ver a este ente cabizbajo colocó sus manos en la cara del hombre, esta acción los dañaba a ambos: él se quemaba con cada contacto de la divina piel y ella perdía más de esa luz dorada que le daba forma. Pero incluso con todo esto en medio, no podían separarse, no se lo permitían.
Mientras ambos dañaban; fuera de la cueva, en el infinito cielo, la luz del sol estaba empezando a ser opacada por la luna, que se posicionaba frente a él y la tierra, provocando que la oscuridad tome el control en el plano mortal. Los amantes sintieron el cambio inmediato, ya no se lastimaban al tocarse, siendo libres al fin de cualquier tormento y mientras sus congéneres dorados y oscuros se mataban en la superficie, ellos se rendían ante la más pura pasión.